jueves, 26 de marzo de 2015

Semblanza del escritor argentino Pablo Hernán Di Marco

Estamos sentados en uno de los más bellos lugares para tomar café, en la calle Corrientes de Buenos Aires, con el Obelisco de fondo como señal de que sí estoy en la tierra del tango y del fútbol (y ahora del Papa). Y para hablar, por supuesto. Pablo Hernán, tal como lo intuía, es un hombre jovial, amable, con esa sonrisa de hombre latinoamericano que lo hace especial e irrepetible -debo decir también que Pablo Hernán se ha convertido en mi guía por estas calles, antes de continuar mi viaje hacia el sur, hacia donde deseo extraviarme por mucho tiempo en búsqueda de un amor casi que imposible pero maravilloso-. Así que iniciamos esta amena conversación con un mate (quien lo creyera), pues mis amigos saben que cambiar un café es como ir contra mis principios.


Tu novela Tríptico del desamparo, obtuvo en el 2012 el premio Internacional de la Bienal de Novela José Eustasio Rivera, en Colombia. Desde ese día a la fecha, ¿cómo son tus horas, qué ha pasado con tu vida y tu literatura, cuál fue tu sensación al recibir el premio?

     P: Hacia el afuera cambiaron varias cosas: ganar el premio, lograr publicar un libro que llevó tres años de trabajo, viajar a Colombia, compartir momentos y aprender de gente sensacional como Luz Mary Giraldo, Marco Tulio Aguilera e Isaías Peña entre tantos más, la posibilidad de publicar  en España… Escribir no es nada sencillo, por lo tanto las caricias son siempre bienvenidas. Pero hacia el adentro no cambió nada: sigo siendo un tipo que se pone a escribir cada vez que tiene la oportunidad de estar un rato solo. De no haber publicado un solo libro seguiría adelante con la misma rutina. ¿Qué más podría hacer?
     La sensación que tuve al recibir el premio fue de agradecimiento. En ningún orden de la vida el que gana es el mejor, y mucho menos si hablamos de literatura. Ganar un concurso, como publicar un libro, es siempre un pequeño milagro. Y hay que celebrarlo como tal.
         
     Desde el premio, tu vínculo con Colombia y muchos de sus autores, se ha fortalecido. ¿A qué obedece esa comunión, tan grata, que permite que vayas y vengas, pues aparte de ello fuiste jurado de la pasada Bienal Internacional de Novela?

     P: Con el correr del tiempo descubrí que el diploma, la edición del libro y el dinero terminaron siendo secundarios. Lo mejor de obtener la Bienal fue haber ganado infinidad de amigos colombianos, tantos que no tengo modo de nombrarlos en este espacio, ellos saben quiénes son. Y el que me hayan propuesto ser jurado de la Bienal a fines de 2014 me permitió volver a Neiva y a Bogotá para profundizar todavía más ese vínculo. Hace poco una amiga de Bogotá me dijo que yo ya era medio colombiano. Solo pude sonreír y decir orgullosamente que sí. Por supuesto que sí.

     La novela no solo fue publicada en Colombia, también en España. ¿Haber obtenido el premio colombiano, te ha servido para lograr publicar con la editorial española Palabras de agua? ¿Cómo diste ese paso? Indudablemente la magnífica historia de Tríptico del desamparo es la esencia de todo.

     P: De seguro que ganar la Bienal fue una gran carta de presentación a la hora de vincularme con una editorial española. Pero nunca hay que olvidar que un premio literario es apenas un envase brillante que no necesariamente contiene un interior valioso. Esto es algo que no deberían olvidar ni los lectores ni todos lo que integran el competitivo y cruel mundo de los libros. En definitiva, lo único que tiene valor es la historia que cuenta el libro.

     ¿Cómo es un día en la vida de Pablo Hernán Di Marco? Tu proceso de escritura, tus influencias, la vida en Buenos Aires…
   
     P: Me sucede algo extraño: desde que nació mi hijo a fines de 2012 siento que no soy otra cosa más que padre. Puedo pasar horas y horas trabajando, escribiendo, corrigiendo escritos propios o ajenos, pero ante todo soy papá. No sé si le pasa lo mismo a todos los hombres, tal vez tenga que ver con que tengo la suerte de poder pasar muchas horas al día con mi hijo. Por lo tanto mi vida gira en torno a sus horarios y necesidades. Y en cada rato libre me lanzo a hacer lo que te decía antes: trabajar, escribir, reescribir, y corregir escritos propios y ajenos.
     Me preguntás por mis influencias, más que de influencias prefiero hablar de obras que admiro: Los miserables es una referencia permanente a veces creo que ese libro contiene todos los libros El jardín de los Finzi-Contini, El gatopardo, Ficciones y El Aleph, La Biblia, algunas cosas de CoetzeeTambién tengo un amigo y maestro que no deja de regalarme herramientas que me son enormemente útiles a la hora de hacer de mi escritura una escritura mejor: Marcelo di Marco.

     ¿Cuáles son tus proyectos literarios de momento, hacia dónde apuntas con tus libros e historias? Las horas derramadas, ¿cuál es el centro, el motor de la historia

P: Pensaba tomarme un tiempo de descanso en lo que a escritura se refiere, ya que había quedado exhausto después de corregir a fines de 2014 mi novela Espiral (lo que en un principio imaginé un trabajo menor se volvió una reescritura total de la novela que, tras dos años de esfuerzos, creció de 130 a 450 páginas). Pero es imposible librarse de esta hermosa locura, así que por estos días me subí a un nuevo proyecto: voy a coescribir una novela con la escritora colombiana Victoria de Hoyos. Supongo que no va a ser sencillo escribir a cuatro manos, pero los dos estamos convencidos de tener una gran historia entre las manos.
   Las horas derramadas es una novela que quiero mucho. Es la historia de amor entre dos ancianos al borde de la muerte. En tiempos en que los que pareciéramos estar viviendo una dictadura de la juventud a mí me gusta contar los amores y dolores de los viejos. Espero se publique este año.

     Los autores de nuestra generación conocemos el devenir de las casas editoriales como Planeta, Alfaguara, Anagrama, lo que publican y a quienes publican. ¿Qué piensas de ese círculo tan cerrado, de ese marketing que se maneja para ciertos autores, aunque no siempre sean los mejores?
    
     P: No quiero caer en la vulgaridad de criticar por el mero hecho de estar fuera de ese círculo. Las que nombrás más allá de su tamañoson editoriales como todas. A veces publican literatura, otras veces publican papel higiénico. Pero sí hay una cuestión que me despierta vergüenza: las editoriales que organizan premios literarios con el único fin de premiar a autores “de la casa”. Me apena el modo en que le faltan el respeto a los cientos de escritores que gastan fortunas en correo y fotocopias enviando sus manuscritos a esos concursos. El lector no tiene por qué estar al tanto de estas cuestiones, pero sería bueno que el periodismo literario a la hora de reseñar las novelas ganadorasno sea cómplice de semejante payasada.

     Finalmente, ¿Crees en la transparencia de los premios literarios? Por lo menos yo sí considero que con la Bienal José Eustasio Rivera, en cabeza del doctor Guillermo Plazas Alcid, esto pasa, pues como tú tuve esa fortuna de ganar el premio en el 2010; pero, ¿crees que sucede igual con otros concursos literarios? En materia de eventos, ¿cómo ves a Argentina?

      P: Como decía mi abuela: “Hay de todo en la viña del Señor”. Hay concursos  limpios, hay concursos sucios, y hay otros que se van adaptando a la situación según lo que convenga. Tuve la fortuna de ganar dos concursos, perder más de veinte y ser jurado en uno, así que alguna experiencia tengo. Algún día tal vez escriba algo en torno a ello. Sé de autores conocidos y reconocidos que son capaces de entregarle su vida al diablo a cambio de ganar un concurso menor. Conozco a varios de ellos y te aseguro que cuando me los cruzo evito darles la mano.  

     Por desgracia no hay demasiados concursos de novela en Argentina: tenemos el Premio Clarín (que acaba de ganar el muy buen escritor colombiano Daniel Ferreira), el Fondo Nacional de las Artes y hasta donde yo séno mucho más. Es un pena: a la mayor parte de los escritores argentinos ya ni siquiera les está quedando la esperanza de poder publicar. 

*Para leer más sobre su novela Las horas derramadas.