miércoles, 22 de julio de 2009

Diario de una apuesta (capítulo dieciséis)

Conozco a David en el puerto, en una de mis tantas caminatas por el camellón. Es temprano y hoy no hay universidad.
David, de acuerdo a lo que me cuenta, es un hábil comerciante dedicado al negocio de las comunicaciones, a la venta de llamadas por teléfono a cualquier parte del mundo. Su negocio es bueno porque vende a dólar el minuto, y los usuarios de su servicio son los tripulantes de las embarcaciones que atracan para descargar productos que llegan del otro lado del mar.
David también es un buen conversador: me habla de sus anécdotas con las tripulaciones de los barcos, de su primer vómito en altamar, de la gente ruda que llega en esos témpanos de lata como les llama, de los alemanes y filipinos que son los más lacras, del dinero que se gana cuando los hace hablar, de lo celosa que es su mujer (me pregunto si será hermana de la Bruja).
David sonríe sin ninguna dificultad, es amable, siento que no es otro cretino aunque a veces se camuflan tan bien que nos pueden hacer equivocar. Me aprovecho de su generosidad y llamo a Sofía, ella contesta, su voz es baja, delgada, con eco, como si estuviera encerrada en un sótano, entre paredes de hierro. Sofía me dice que aún no ha hecho la consulta, que por el momento no puede, que más tarde… Las palabras se me devuelven de la boca porque presiento que está con él, y no quiero imaginar en dónde ni haciendo qué. Cuelgo ante el balbuceo de ella, ante la mirada inquisidora de David. Le cuento a David parte de la historia mientras se fuma un cigarrillo que tiene impresa la marca de Fidel. Le cuento la historia porque me inspira confianza y parece coherente en sus ideas, porque quiero hablar con alguien que tenga visión de pájaro marino. Le cuento, finalmente, que ya no pierdo mis tortugas pero me pierdo yo. David me asegura que en este mundo todo es un círculo vicioso de entusiasmos y trampas, que la mierda es igual en cualquier punto del globo terráqueo, que en cuestiones de amor todos perdemos por igual.
Sus palabras son un baldado de agua fría.

La mujer de Albeiro me trae una limonada y se sienta a mi lado mientras éste llega. Está feliz de tenerlo de vuelta después de semejante lío. Ahora tienen socios porque no encontraron otra solución más que vender la mitad del restaurante. El dinero apenas alcanzó para pagar a la ex y los honorarios de un abogado. Albeiro entra y me da un abrazo. Su alegría se refleja en cada gesto. Le entrega unas bolsas con pescado a su mujer, ella se levanta y entra a la cocina. Albeiro me cuenta atropelladamente su vida en la cárcel después de traerme una limonada; me cuenta con un entusiasmo como si no hubiera sido un hecho trágico. Eso es lo bueno de Albeiro, siempre ve el lado positivo de las cosas. Esta parte del mundo debiera ser como él, pero es una utopía pedirle peras al manzano. Aprendo de cada palabra suya sin que sean consejos (los consejeros son embaucadores como Walter Mercado que no sabe ni de qué sexo es). Albeiro me sirve un caldo de pescado que me quema la lengua. Parte de mi virilidad queda en la sopa caliente.
Camarón y Gasparín llegan juntos. Pregunto por Perrito pero me dicen que anda un poco perdido, guiando su rebaño de ovejas al corral. Ambos están hambrientos. Camarón le pide a Albeiro una mojarra frita con patacón; Gasparín quiere pollo guisado, sin ensalada. La mujer de Albeiro los saluda desde la cocina, tiene la frente llena de gotas de sudor; imagino (porque soy bueno para imaginar), que las gotas de sudor caen dentro de la sopa caliente que tiene en el fogón. Un tipo con una camiseta de guía turístico nos ofrece hospedaje pero le contestamos con sorna que no somos turistas, que antes nosotros le alquilamos a él. El tipo se va malhumorado por no dar su tiro en el blanco, por sentir la frase cargada de animosidad. Nos reímos de la manera en que camina más que de su pobreza. Albeiro trae los platos, Camarón pide limón. Entonces me uno al festín de la comida para contarles la noticia de mi entusiasmo, es decir, de Sofía, de mí. Gasparín me reta con la mirada porque no cree que sea cierto. Les enseño mi teléfono para que lean los mensajes. Camarón asiente con un gesto y me tira un pedazo de servilleta a la cara; Gasparín me estrecha la mano y me felicita.
Los pormenores de mis pasos por el paraíso se los voy contado mientras terminan la comida. Me comprometo con ellos a que la conozcan esa semana, me comprometo con ellos a que la van a amar también.
Gasparín paga, siempre es el que paga. Albeiro y su mujer nos despiden como si fuéramos sus hijos. Camarón nos lleva en su carro a la casa porque tiene un compromiso y no quiere que se le haga tarde. Asegura que el compromiso es con alguien interesado en el carro, un buen negocio que no quiere perder. Camarón tiene la cara roja.

Por la noche me entero que Camarón sufrió un accidente en el carro, que está en observaciones en el hospital, que de momento tiene una fractura en una pierna y vidrios del panorámico incrustados en un brazo. Que la mujer que lo acompañaba está también fuera de peligro, solo presenta una herida abierta en la cabeza pero no es profunda. No me dicen nada más. Perrito me recoge. Gasparín está en el hospital sentado en una banca de la sala de espera. Está más pálido que su propio fantasma, tiene las manos entrelazadas y juguetea con sus dedos al círculo. Nos ve y se pone de pie para saludarnos, parece que también ha tenido una mala noche. Nos dice que Camarón está bien para como fue el accidente, que se quedó dormido mientras conducía y se estrelló contra un árbol, que la prueba de alcoholemia salió positiva, que la mujer que lo acompañaba era Yuly, que Lucía está en la cafetería fumándose otro cigarrillo. Así entiendo que la premura de Camarón no era para vender el carro sino para darse una buena escapada con Yuly. Camarón tampoco cambia, como Perrito, que por mujeres se olvidan de los amigos, de nosotros que estamos en las buenas y en las malas, como ahora.
El pasillo del hospital es frío, huele a alcohol etílico. Por la puerta de emergencia entran en una camilla a un tipo con heridas de bala, parece que ya no tiene sangre en las venas; la muerte está por todos lados. Yuly es la primera en salir de la sala de observaciones, una enfermera como de trapo viene con ella. Yuly aún tiene lágrimas de susto en el rostro, Lucía la abraza como siamesa. Se despiden de inmediato porque alguien las espera (no sé quién me dice que es un novio que Lucía se ha levantado, un inglés que, deslumbrado por su belleza, en dos días de noviazgo ya quiere casarse con ella). Pero hay algo misterioso en esa despedida: los ojos de Yuly, cuando pasa por mi lado hacia la salida, tienen otro brillo, mejor, tienen una línea que opaca, una línea que no acierto a descifrar, como una veta de niebla.
Dos horas después sale Camarón con sus vendajes de momia, sonriendo el depravado. No lo golpeamos porque nos da lástima, pero se la tiene bien ganada por botar a sus amigos, por salir corriendo tras cada palo con falda, no por Yuly, sino por unas cosas raras que le conocemos, como la “cascos”, como la “siete culos”.
Sus explicaciones tontas nos dan más coraje; lo odiamos en ese momento, lo odiamos, y Perrito se lo hace saber. Lo subimos al carro como trasto viejo al que se le tiene gran cariño después de todo. Salimos del hospital rumbo a su casa, algunas gotas de agua empañan el ambiente. Recorremos las calles de esa ciudad miserable y antigua, recorremos las calles como los cuatro del patíbulo rumbo al paredón.
Un día de estos Camarón va a perder la cabeza y no vamos a estar ahí para levantarlo.

miércoles, 8 de julio de 2009

El efecto Aura


Para Andrea, en Soho


Es Aura una amante a la que le cae bien el adjetivo de exquisita, una mujer de iniciativas apenas soñadas, la afortunada criatura de la montaña y el mar que alcanzó en mí al hombre que la contagia, la secunda, y la hace ir del sexo al amor –o del amor al sexo- en un único movimiento.

I

Mentir o fingir la realidad es mi oficio, pero corresponde esta vez abordarla sin maquillajes.

Es de semblante tranquilo, de mediana estatura, amable de trato. Nadie imaginaría al verla los maremotos que auspicia. Otra cosa distinta es tenerla en los brazos, besarla, morirse con ella en la cama, sufrir el arte de su lengua, disfrutar el placer de sus sexos. Ahora bien, más allá de su rotundo sentido sexual, es una muchacha aventajada, de insustituible compañía, con una fuerza de atracción de la que carecen mujeres de mejores físicos. No bien la deja uno en casa cuando ya se desea pasar a buscarla. Tampoco es fácil sacársela de la cabeza luego de haberla tenido. Allí puede quedarse horas, días enteros. De momento no hay barrera que ataje su influencia.

II

Es una influencia más fuerte que mis ironías de inmune. Me cierra la cabeza. Apareció, creció y no me deja. ¿Le temí? Al final de varias semanas fue imposible eludir semejante compromiso. ¿Tenías miedo, amor?, me pregunta a veces, la mirada puesta en nuestras primeras citas, a principio de un diciembre pleno de brisas en una Santa Marta metida en luces navideñas.

III

Tampoco a ella, más racional, le resulta cómodo sustraerse del influjo. “Me mueves toda. No puedo parar” ¿Alguna razón en una historia frágil de razones? ¿Es consciente, igual que yo, de haber encontrado la veta de una pasión que en la cama, contra las paredes, sobre los mesones de cocina, en las escaleras ha atendido algunas de sus más íntimas fantasías? ¿Agradecido? Padezco algo que llamaré el efecto aura: una fuerza que me descentra.

IV
Sin exageraciones admito que ninguna mujer me había pedido con unas ganas tan robustas que la tomara analmente. “Anda, cógeme duro. Es todo tuyo”. Ninguna me exige que le muerda la espalda, las caderas y las nalgas con el arrojo de una ternura que es la primera en extrañar. “¿Por qué contigo sí?” No tiene la gran cola, ni las piernas perfectas, pero sí el culito más rico que me hayan servido. El milagro reside tal vez en su abierta disposición a disfrutar un amor que encuentra en el goce físico el complemento irremplazable. “¿Qué me haces, qué hago de distinto?” son inquietudes que ofrezco con más perplejidad que certezas. Quizá solo importe ahora testimoniar los beneficios de un sexo de traspatios higiénico – otro rasgo excepcional-, profundo, continuo y arrasador. A nadie, en fin, he mordido con la más encendida devoción. Asimismo, a ninguna le he permitido libertades que le arrugarían el ceño al más bravo macho de esquinas. Cuentan, entonces, los hechos, las batallas de las sábanas, más que las medias razones de la imaginación literaria.

V

Es inherente a la escritura extralimitar fronteras. Función semejante pudiera indicarse del amor. ¿Exagero? “Eres grande, amor”, me dice, “Nunca he sido más feliz”. Niego que el origen de tales impresiones quede condenado a un notorio asunto de tamaño, que importa a la larga. Hemos discutido el punto. Hemos efectuado las mediciones de rigor. Ella las ha hecho con dedos, cinta métrica o con la pura lengua. “Es distinto”, enfatiza “Es inexplicable”. ¿Exagera Aura? ¿Miente? ¿Son sus declaraciones los balbuceos que sirven de colofón a un buen polvo? Presiento, en esos intentos de razonar, la presencia de una mujer al tanto de haber arribado a una zona de plenitud insospechada, donde placer y amor marchan, donde deseo y temor alternan aguas. ¿Me sucede algo distinto? Huí al principio. Ella intenta hacerlo ahora. El amor o la pasión huyen del amor y la pasión. Es la única noción que me queda en limpio. Ahora bien: algo va de formular a padecer esta paradoja que muta el amor y la pasión en enemigos de la libertad, las aspiraciones y los compromisos.

VI

Huí de ella casi desde el primer día que la vi en el salón donde dictaba una charla sobre discapacidad. Tal vez porque en el momento en que cruzamos miradas supe, oscuramente, que me haría perder el rumbo de las horas o me acotaría el espacio si no tomaba las debidas distancias. Todo inútil. Me impactó primero. Me cautivo después. Algo similar experimentó ella, que temió menos y asumió una experiencia que no tenía en su horizonte mental, metida de lleno entonces en sus tareas profesionales.

VII

Aura es una fuerza irresistible. Es una sonrisa que cautiva sobre todo cuando Aura es Aura sin reservas y, dueña de las aceras, va bien peinada, elegante y mejor puesta al trabajo o cuando marcha a un encuentro conmigo de muchas cervezas, en el que no faltan fotos y tomas atrevidas.

VIII

Cógela suave. Cálmate. Traigo estas expresiones a las que Aura recurre cuando me salgo de ruta. ¿Por qué? ¿Es su manera de salvaguardar una relación que amenaza con devorarse a sí misma? ¿Es posible controlar lo incontrolable? Transito un laberinto de laberintos que, a falta de una fórmula imaginativa, denomino el efecto-aura.

IX

Digámoslo. Soy adicto al amor-aura, al efecto-aura, al influjo aura, una fuerza que tira hacia abajo mientras yo tiro hacia arriba, o al revés. He ahí el encanto del que deriva su poder. ¿Mañana? Mañana estaremos muertos, según la devaluada expresión de J. M. Keynes. Mañana el influjo podría asumir un perfil de medalla, adoptar el tono de una jugosa anécdota o, en el afán de surtir la materia de un libro más, transformarse en la brava moneda que de cuenta del forzoso mercado de las pasiones.

Resta indagarla sobre el efecto que ella padece. ¿Algún nombre? “No sé, marica, tú me jodes. Me mueves toda… pero tiene que parar. No aguanta…”.

Tocará aguantar –digo acá- hasta que algo reviente.


Clinton Ramírez C. Escritor Colombiano.

lunes, 13 de abril de 2009

Diario de una apuesta (Capítulo quince)

Gladys habla y habla y no hay poder humano que la haga parar, que le diga “deténgase por favor”. El profesor está sentado en un rincón y parece momificado porque no junta los párpados ni se mueve. Por momentos pienso que somos una clase de secundaria donde todos venimos a joder la vida, a mofarnos de los gestos de unos y otros, hasta de mí, que tengo cara de ratón asustado.
Sofía y el Agelasta son un par de angelitos mirando a Gladys. Esta mañana ella no me dijo nada sino que me sonrió, como siempre, pero como siempre ella sabe que ese gesto es suficiente para dejarme en otra dimensión.
Hago bolitas de papel, que voy arrojando a la cesta para afinar puntería. Sin moverme un ápice de mi espacio sigo a Sofía con la mirada cuando sale del aula. Debe ir al baño porque sale con el bolso. La imagino como a la chica vecina; un escalofrío se apodera de mí; aparte de eso la sexy de Tatiana levanta las piernas como Sharon Stone en Bajos Instintos; la condenada provoca con cada centímetro de su cuerpo, es una bomba a punto de estallar.
La señal de un mensaje en mi teléfono destella en medio del paraíso: “Hoy he pensado en ti, necesito que hablemos, te espero a las tres en la biblioteca”. Sofía regresa y no puede evitar dejar de mirarme. Otro escalofrío me invade ahora el alma. Siento a Sofía más mía que del Agelasta, y solo ha sido un beso, o una boca sobreponiéndola sobre otra boca, sin movimiento de lengua, de labios. No reparo en teorías ni en tiempos ni en nada. Me quiero meter de cabeza al agujero, no importa el cangrejo y sus tenazas. Sofía es un punto de apoyo y yo me siento capaz de mover el mundo por ella.
A las tres en la biblioteca me espera. A las tres.

Sofía tiene puesto el pantalón con arañazos de tigre que tanto me gusta. Mi corazón late en la garganta. En Sofía hay un brillo demencial, sus ojos la delatan. Estamos sentados frente a frente sin hablar, para qué le digo lo que siento si ya lo sabe. Sin embargo a las mujeres les gusta que uno les hable de eso, que pidamos permiso para entrar en sus vidas, que narremos con pelos y señales lo locos que estamos por ellas, que se nos vea la baba saliendo a borbotones por la boca; eso las hace sentirse importantes, dignas de ser mujer.
Para romper un poco el hielo le cuento la historia de Liliana. Lo hago tan rápido que no sé si me entiende, mi lengua se mueve como si fuera a inocular a alguien. Le digo que Liliana me deja perplejo cada vez que le pregunto algo, Sofía escucha sin dejar de mirarme. Me ruborizo un poco tras cada palabra, es difícil hablarle y no tenerla más cerca. La verdad es que no sé cómo tratarla. Me muevo en la silla como si estuviera sentado sobre piedras de lava muy puntiagudas.
–¿Entonces de qué querías hablar? –le pregunto a secas para no atragantarme más.
–Tú ya lo sabes –me dice, y también se ruboriza–. Es sobre lo que está pasando.
Sofía toma en sus manos un libro y comienza a hojearlo como esperando a que yo le ayude en su impulso.
–Lo que está pasando es sencillo, Sofía –hago acopio de una fuerza desconocida–: hace tiempo me rindo ante ti, no dejo de pensarte, mi corazón se agita de solo recordarte, de solo escuchar tu voz, es como una burbuja, me siento vacío cuando no estás cerca, no sé, Sofía, qué sea, pero te aseguro que es maravilloso lo que me mueve hacia ti…
¿Qué es lo que le estoy diciendo? Las palabras no han sido medidas, no son las mejores, pero son las que me salen de adentro. Aprendo que, aunque para el amor uno no está preparado y que todas las situaciones hacen variar el instante de la confesión, el sentimiento fluye como el agua constante de un río. Es el momento de la verdad.
Sofía suelta el libro antes de decir:
–Es algo extraño pero yo siento lo mismo, sé que no es sano del todo pero no puedo evitarlo; hay cosas de mi vida que no conoces y que se relacionan con él, todo es él, los dos últimos años de mi vida se resumen en él; pero tienes algo que me hace sentir importante, deseada, muy mujer; él parece vivir en otro planeta, no siempre, pero es así, tú tienes humor y eso me gusta, tú dices las cosas como son, las nombras sin fingimientos, eso me tiene enredada, como el atrapa-sueños que tengo colgado en el cuarto, necesito que me ayudes a aclarar esto, necesito sacar de mis entrañas esas voces que dicen sí y que dicen no como si su significado fuera igual.
Le tomo las manos y ella me aprieta; hay lágrimas en sus ojos, su ternura se desborda, sus dudas se acentúan. Le doy un beso en las manos y ella me pide un abrazo. Yo acerco mi silla a la suya y nos abrazamos por una eternidad.
Hacemos un pacto de silencio. Yo debo entender su posición: el Agelasta existe, no es una mancha en el espejo, no es la cabeza de un alfiler; pero hay abandono, hay detalles, hay vacío, hay necesidad. A él se le olvidan tantas cosas que ella quisiera…, y yo estoy ahora ahí, haciéndola sentir viva, importante, como ella a mí, recordándole que la vida puede ser más amable, que aunque muchos digan que el amor no existe, nosotros dos sí.
Mi felicidad es tanta que le propongo que nos casemos como los gitanos, tratando de emular el juego de Perrito. Me da un beso y me dice que no apuremos las cosas, que tengamos sentido común. Yo digo que bueno, pero no entiendo eso de sentido común, no soy bueno filosofando y menos en temas del amor.
Una señora con cara de prefecta de monasterio se nos acerca y nos dice que ése no es el lugar adecuado para nosotros, que respetemos a la gente que sí va a estudiar. Yo la miro con ganas de escupirle la cara por ser tan inoportuna, por olvidar aquellas cosas que debió hacer cuando la flagelaban sus hombres, si es que tuvo, si es que tiene, porque con esa cara dudo mucho esa posibilidad.
Tomamos nuestras cosas y salimos a la calle. Entramos a una cafetería a dos calles de allí, donde pedimos un refresco, donde nos ponemos de acuerdo en lo que sigue en nuestras vidas, para seguir con el deslumbramiento, para besarnos con desenfreno. Establecemos entonces que la cafetería será nuestro punto de encuentro, marcamos territorio. Sofía tiembla como una hoja al viento. El viento es lo que quiero ser yo.

María Teresa: Una aguja, una nube y un río… Me has puesto a pensar seriamente en una buena respuesta. Podría ser que cosiera la nube al río, que con la aguja hiciera agujeritos a la nube para aumentar el caudal del río, qué sé yo. Por otro lado no haría nada, los dejaría tal como están, como son. Cada uno de esos elementos tiene su propio fin, eso es, dejarlos tal como son, independientes, no sobreponerlos a mis caprichos o al capricho de la gente. De pronto, si pudiera, claro que en mi imaginación puedo, me subiría a la nube y me deslizaría a través de la aguja hasta tocar las aguas profundas del río, para beberlo un poco, para volverme poeta.
Yo: Sería bueno un copito de nube con sabor a sol.
María Teresa: El problema es el sabor del sol. Muy reseco ese sabor. Mejor uno con sabor a fruta. ¿Has pensado en la fruta prohibida?
Yo: Cuál de todas.
María Teresa: La bíblica.
Yo: Ahí tengo una dualidad: me hablas de la fruta de Eva o la fruta del árbol.
María Teresa: La del árbol, no te me salgas de ahí.
Yo: A ver… Digamos que estoy en lo alto del árbol del fruto prohibido, escondido entre su follaje, inmóvil, sin espantar un solo pájaro, inmóvil como una gota de agua que sobrevive de la noche. Hay manzanas, muchas manzanas rojas colgadas como luces de árbol navideño. De repente veo una serpiente ofreciéndole a una mujer una manzana madura. La mujer debe ser Eva. Está desnuda y es bella, por Dios que es bella. Eva es bella y de su belleza no pormenorizan las escrituras. Así es la primera mujer, la primera provocación del mundo. La serpiente habla con una extraña sabiduría que convence. Eva extiende su mano, observa la manzana que cabe en su cuenco, su olor es único; con ojos vivaces la muerde. Cada mordisco de Eva a la manzana me anima el espíritu, calienta mi respiración. Allí no hay ningún pecado universal ni nada que se le parezca. O tal vez sí: el pecado es como muerde Eva la manzana. Su boca seduce, su gesto de complacencia. Me enamoro. La serpiente se enrosca apaciblemente junto al árbol, saca la lengua en intervalos precisos. Eva come de pie junto al árbol, es toda una mujer; una pequeña hoja cae sobre su espalda. Arroja lo que sobra de la manzana entre los arbustos cercanos y le da las gracias a la serpiente. La serpiente parece sonreír, satisfecha, como si ella se hubiera comido la manzana. No dice nada. La serpiente se marcha dejando sola a Eva, que mira el atardecer, somnolienta. Continúo quieto en mi rama pero no puedo evitarlo y pronuncio su nombre. Eva gira su cabeza y me descubre. Me contempla por un rato, algo asustada, dando dos pasos hacia atrás. Luego se calma y me hace señas para que baje. Pese al temor por la serpiente, desciendo del árbol directo a ella. Frente a frente Eva es más bella, su piel es de un color exótico. Me invita a una manzana que alcanza con la mano. Acepto sin la menor preocupación. Al morder la manzana siento por un instante el sabor de sus labios, o lo que debe ser, en todo caso exquisito. Eva me mira fijo y sé que son ojos que ya he visto, claros y pequeños. De pronto todo se mueve, la tierra y el aire, y como si despertara de un sueño acogedor me veo desterrado del paraíso. Un destierro que dura hasta hoy.
María Teresa: Aplaudo tu rapidez para pensar, me gusta. Debes ser rápido para las frutas prohibidas.
Yo: Cuál de todas (repito).
María Teresa: La fruta prohibida que anhele tu corazón.
A veces pienso que María Teresa tiene una bolita mágica donde adivina ciertas cosas, pero sé que es porque es madura en sus reflexiones, que conoce el sabor de la fetidez y de la gloria, que no anda por ahí como velero extraviado en el agua, sin vela, sin remos, sin una brújula para llegar a algún lugar. Ella me ha autorizado para hablar con todas las cartas sobre la mesa, pero hay cartas, como ella, de las cuales es mejor no hablar.
María Teresa se despide. Yo cierro mis ojos y le digo adiós. El rostro de Sofía en mi memoria me salva de las aguas mansas.

miércoles, 25 de marzo de 2009

La fiesta del equinoccio


*Por Federico Diaz-Granados



Nuestro admirado Aldo Pellegrini nos invitó a contribuir a la confusión general. Por eso el Gimnasio Moderno, esta casa centenaria, acoge en la tarde de hoy a todos los confabulados interesados en emprender la verdadera aventura esencialista de la creación y el asombro, fiel a su talante liberal e incluyente y a la herencia humanista de los padres fundadores que nos enseñaron que sólo a través de la poesía y la literatura podríamos entender las proporciones de una sociedad más justa y solidaria.
Se nos ha recordado a todos que en los tiempos primitivos la poesía servía para llorar y celebrar el mundo. Hoy la poesía continúa teniendo, entre tantas, la función de exaltar la existencia y lamentar y combatir la muerte.
El poeta portugués Eugenio de Andrade nos ha mencionado que la única y verdadera moral de la poesía “es que se rebele contra la ausencia del hombre en el hombre porque si éste se atreve a -cantar en el suplicio- es porque no quiere morir sin mirarse en sus propios ojos y reconocerse y detestarse o amarse”.
Desde Homero hasta San Juan de la Cruz, de Virgilio hasta William Blake, desde el lamento del pobre Job hasta Fernando Pessoa, desde Hölderlin hasta Nazim Hikmet la mayor ambición del quehacer poético siempre ha sido la misma: Ecce Homo, repite De Andrade y parece decir cada poema: He aquí al hombre, he aquí su fugacidad sobre la tierra. Porque el futuro del hombre es el hombre, estamos de acuerdo, pero el hombre de nuestro futuro no nos interesa desfigurado y ahí sobrevivirá la eterna y misteriosa poesía. Ausencia y presencia, vacío y plenitud, duda y certeza estarán presentes por siempre en la palabra.
¿Quién sino el poeta para devolverle al mundo un poco de la belleza y el horror que éste nos ha otorgado? ¿Quién sino el poeta para traducir la libertad del hombre y de sus sueños? La poesía no va a resolver, ni ha resuelto nunca los conflictos, ni el problema del hambre y seguramente hoy no solucionará el flagelo del secuestro o el de los desaparecidos o el de los torturados, pero siempre nos ha acompañado (a lo mejor desde el abuelo pitecántropo) y nos ha ayudado a sobrevivir gracias a su belleza. Quizá esa sea su única obligación, ser bella, sea cual sea su tiempo y su tema y revelar como un álgebra lo oscuro y lo desconocido. Por eso celebrar el Día Mundial de la Poesía es festejar el triunfo del asombro, la solidaridad y el compromiso en tiempos de la globalización y la deshumanización. No sería justo estar aquí sino fuéramos conscientes que exaltar el Día Universal de la Poesía, en el equinoccio de primavera, es proclamar una vez más el triunfo de la poesía como la verdadera resistencia del hombre en su paso por esta aventura de la vida sobre la Tierra.
En este complicado, difícil y caótico mundo que nos correspondió la poesía se sigue definiendo como un milagro y se sigue defendiendo ante toda propuesta virtual. El hombre está en crisis hace mucho tiempo y su catástrofe nos recuerda una especie de Titanic de nuestra modernidad. Por eso, cuando quede el último de nosotros, solitario sobre la única roca erguida sobre la tierra, en aquella noche final de los tiempos, sólo tendrá a su lado la poesía, la palabra, la plegaria o la imprecación como compañía.
Saint-John Perse dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel que cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio y quizá su relevo, porque la poesía moderna se adentra en una aventura cuya meta es conseguir la integración del hombre. Eso es lo que festejamos en la tarde de hoy, la integración del hombre a través de la palabra de siempre.
La poesía, escribió García Márquez, “por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que enumeró en su Ilíada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad media. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana que cuece los garbanzos en la cocina y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”.
Bienvenidos poetas, bienvenidos todos ustedes a esta casa de poesía y celebremos nuestra gran recompensa de presenciar el milagro del hecho poético en tiempos de la amnesia y la paranoia donde no tienen cabida los milagros ni la taumaturgia. Bienvenidos poetas herederos de una tradición honda y verdadera que hoy cada uno de ustedes homenajea con su voz.
En conclusión quisiera citar a Pablo Neruda quien nos recordó que: “sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”.
Que la poesía sea nuestro pastor y nada nos falte…

*Poeta, catedrático y ensayista colombiano.
La tercera versión del Día Mundial de la Poesía convocó a 180 devotos en la Universidad Nacional de Colombia y 320 en el teatro del Gimnasio Moderno.

miércoles, 20 de agosto de 2008

El Festival de Poesía: breve historia de un desencuentro

Colombia, país del sagrado corazón, se ha venido destacando por ser emporio de grandes eventos culturales; tan grandes que trascienden fronteras y los elevan a categorías que, si alguna vez soñamos, no creímos fuera a darse el reconocimiento aún en medio de tantas manzanas de discordia. Y es posible que estas palabras vayan a ser una más; es posible, aunque el ánimo que las fundamenta es otro: el de tejer una red de mayor cofradía al interior de uno u otro Festival Internacional de Poesía.

EL DESENCUENTRO

Hace poco fui invitado por segunda vez a un Festival Internacional de Poesía (he de anotar que no daré su nombre para no despertar más suspicacias y por respeto, al fin de cuentas, a todos los Festivales). Una llamada a mi teléfono personal dio cuenta de la invitación y de mi disponibilidad para elaborar la programación según sus necesidades. No obstante, sabiendo que ya figuraba entre los invitados y que efectivamente había una programación donde mi nombre aparecía en varias actividades, llegó el día de la apertura del evento sin que yo volviera a recibir comunicado alguno. Decidí esperar a que pasara la apertura, creyendo que no había sido necesaria mi participación en ella, pero para el segundo día de iniciado el Festival, aún no recibía ningún comunicado oficial de los organizadores sobre mi participación. Un poco confundido por esta singularidad, tomé aire y decidí llamar a uno de los organizadores, informándole sobre la situación, a lo que mi buen amigo pidió disculpas en nombre del evento y de su director, manifestando que posiblemente había sido un olvido; que mi participación era un hecho, y que, pidiendo de nuevo disculpas, me desplazara a la sede que allí me informarían todos los detalles del mismo, puesto que tenía para ese mismo día una lectura, y otras actividades en los días siguientes. La verdad, pudo más mi deseo de encontrarme con algunos viejos amigos y conocer a otros escritores de quienes ya había tenido noticia, que mi propia vergüenza de sentirme “desplazado”. Pese a esta vacuidad, creyendo con fidelidad que por las múltiples ocupaciones que un evento de tal envergadura trae consigo, se les había pasado comunicarme a tiempo mi participación y la relación de otros detalles propios de un Certamen; acudí entonces al llamado de la poesía. ¡Pero qué equivocado estaba! Mi presencia allí fue poco menos que una sombra sobre el agua. Yo no buscaba protagonismo alguno, valga aclarar; pero que a duras penas una linda muchacha pudiera medio informarme sobre las actividades a realizar, con la zozobra de no saber si yo tenia derecho a un café, a un almuerzo, a una sonrisa o de asistir incluso a la clausura misma, sí me dejó con un poco menos de aire en los pulmones. Quienes me asistieron escasamente me conducían al vehículo con los demás escritores, pero ni siquiera sabían, daban la impresión, a qué iba yo. Es más, ni siquiera mi nombre ni datos bibliográficos estaban en sus protocolos. Y el día de la clausura -como en la apertura-, ni siquiera se me preguntó si deseaba asistir, ya que era una opción más para los poetas internacionales que para los propios, o al menos esa también fue la percepción. Desde el primer día hasta el último, me sentí como un ratón husmeando en casa vecina, como un auto-invitado o entrometido, como un intruso en un espeso bosque de niebla. Esa es la verdad, para no dar más detalles vergonzosos.

TRAICIÓN DE VUELTA

No se trata de que yo esté sangrando por una herida incurable. Es lo que menos deseo ambientar, pues afortunadamente me desenvuelvo en un mundo benévolo. Tampoco se trata de denigrar a gritos sobre lo que se vive en un Festival de Poesía cuando nos va mal, pues el solo hecho de que existan estos eventos en nuestra querida patria, es ya una gran hazaña donde gana el pueblo y la cultura. Es otra cosa la que me mueve a escribir lo anterior, ligada a la dignidad humana, al buen trato, a la cordialidad, al respeto, sobre todo, por lo que hace uno y otro. Yo reconozco que no soy un William Ospina, un Mario Rivero, un José Luis Diaz-Granados, un Juan Manuel Roca, un Darío Jaramillo Agudelo, un Jota Mario Arbeláez, un Juan Felipe Robledo, una Piedad Bonnet (poetas a quienes admiro y respeto, entre otros); yo reconozco que mi obra está en proceso de maduración y de muchas exaltaciones y reflexiones; y reconozco otras cosas más que soy y no soy y que no voy ahora a mencionar; pero de ahí a que fuese una especie de ratón de laboratorio, a que no fuese tratado con ese respeto igualitario que merecíamos todos en el Festival en mención, desdice mucho de la honorabilidad, la amistad y el respeto. Yo considero, es mi punto de vista, que si hay un colombiano invitado a un evento literario, gráfico o en modo alguno de expresión artística, es porque ese colombiano se lo ha ganado, se lo merece, así de sencillo (aunque hay muchos casos de simple amistad o rosca política).
Sea como fuere, no hay derecho a que estas situaciones se presenten, a que haya tanto estigma por los nuestros (pues allí percibí la misma sensación en otros autores locales). Así como están las cosas, pienso que estamos destinados a fracasar (no yo, sino el evento en mención, pues en otros festivales a los que he sido invitado las cosas ha sido muy distintas); a quedar mal ante el mundo. Yo no me siento mal por como fui tratado; no. Me queda es un sinsabor de que si hablamos mal de un estado y le echamos la culpa de lo malo que nos pasa, nosotros, desde la palabra, desde los encuentros literarios, propiciemos aquello que deseamos combatir con poesía.
Mi llamado va entonces a que si invitamos a un colombiano, lo tratemos por igual que a uno extranjero. La esclavitud y el desequilibrio de los derechos deben ser sujetos del pasado. No seamos tan displicentes, tan airosos con los nuestros. Y si lo vamos a hacer porque consideramos que no “vale tanto” como el otro invitado, entonces no le hagamos perder más tiempo, evitemos molestias, resquemores; evitemos abrir grietas, hacer lo que no queremos que nos hagan. Eso es una traición, que yo llamo “traición de vuelta”; porque las páginas dan la vuelta, y es posible que el día de mañana sea uno el que logre estar allá donde ni siquiera pudieron llegar los que hoy se ufanan de estar cerca de la montaña. La soberbia y mirar por debajo del hombro; menospreciar el trabajo de otro, es lo que jode aun a muchos escritores nuestros.
Los Festivales de Poesía, sean en la ciudad que se realice, son un canto a la palabra, a la paz, a la igualdad, a la libertad de ideas; son una muestra digna de lo que soñamos entre valles y montañas; por tanto, lo que he contado atrás, que sea un alto en el camino para reflexionar en que unos y otros debemos trabajar unidos en procura de esos ideales, del hecho poético, del retorno al principio de la palabra decantada.

lunes, 18 de febrero de 2008

En el esplendor del Caimán Cienaguero




XII Encuentro de Escritores del Caribe Colombiano


El Festival Nacional del Caimán Cienaguero 2008, dejó uno de mis mayores asombros: Descubrir en uno de los pueblos costeros más representativos de la Costa Caribe, la unión de toda una comarca en torno a un mito: la historia del caimán y Tomasita.

Sin embargo, durante el pasado 16 y 17 de enero de 2008, por invitación del señor Alcalde Luis Gastelbondo a través de su organizador, el escritor Clinton Ramírez, esa misma comarca se reunió al son de las palabras del XII Encuentro de Escritores del Caribe Colombiano, de la poesía, del cuento.

Hubo otros asombros: una bella muchacha de nombre Kristal; el Temple del Parque Centenario contrastando con un cielo despejado; mi encuentro, después de algunos años, con mi buen amigo Winston Morales, el hijo de Schuaima; y descubrir que Evanis Rafael Potes, uno de los poetas invitados, para muchos desapercibido –incluso para mí-, presentaba en la revista No. 12 de Mesosaurus, cuatro textos de honda plenitud, de gran vuelo y belleza.

No pretendo ahora hacer una exhaustiva introducción de lo que fue el evento, de si fue bueno o malo o a alguno de los invitados no le llevaron el agua a tiempo para calmar el ardor de la fuerte temperatura. Quiero destacar que lo hecho por la administración municipal de unir estos dos eventos (Festival del Caimán y Encuentro de escritores) fue una buena iniciativa de llevar a sus gentes folklor y palabra. La costa colombiana se ha caracterizado por su incansable clamor de fiesta, baile, danza, ruido, cerveza; de pre carnavales, carnavales y pos carnavales; de los ambientes donde poco o nada importa la cultura, la historia, o se aprovecha cualquier motivo para extender la rumba hasta los bellos amaneceres. Por eso mismo, es tradición que una fiesta sea una fiesta; sólo que esta vez, con las mejores intenciones, la administración municipal decidió rescatar el encuentro de escritores y aprovechó la Fiestas del Caimán Cienaguero para llevar a cabo el XII evento cultural.

La velada nocturna al lado de la playa, con danzas y recital a bordo, con una exquisita cena y el concurso de todos los invitados, fueron momentos de un realismo mágico pocas veces presentados, o a los cuales muchas veces no tiene un escritor la oportunidad de participar: atrás quedaron aulas, salones o auditorios, y por el contrario, brilló la noche con antorchas y el ruido del mar al fondo, y con pocos invitados dispuestos a saborear el breve instante de un poema o un cuento.

Más que agradecer lo vivido en esos dos días en el municipio de Ciénaga, es invitar a los gobernantes para que permitan que esta clase de eventos literarios se propaguen -dejando a un lado el folklorismo-, para bien de la memoria de los pueblos, de su cultura, de interactuar con los escritores a viva voz y dejar un mensaje de cofradía que ayude a reconciliar al mundo con aquellos principios ancestrales.

Por último, deseo terminar esta semblanza con un poema de Evanis Rafael Potes, a quien le extiendo mi saludo por su sencillez y la factura de sus palabras:

Manos


Estas manos que se agitan en la negra noche
Las del pan, la flor y la hierbabuena.
Manos que se trepan al árbol y se desvanecen como frases secretas.
Las mismas que leyeron en la huella digital del río
Un alfabeto de lomos azules y grises
Las que se derraman elementales en su oficio de manos.

Míralas, para ella no hay otro tiempo. Llueven hacia dentro
Como aves en el alar cuando la oscuridad arrecia.
Las manos de todos los hombres como un único día
No hay viento que las defina en su carrera hacia lo esencial,
Hacia ti,
Hacia la nada…

sábado, 3 de noviembre de 2007

Literatura y ciudad (2)

SEGUNDA PARTE

4. El escritor también se vuelve urbano. Se asoma por la ventana de su piso, escupe cuando menos para calcular la distancia, observa la ciudad a sus pies como una ola de cemento y vidrio, y piensa que lo que tiene ante sus ojos puede ser suyo; y viaja en carro,entre calles o semáforos y puentes y smog, recorriendo esa ciudad que siente suya, o camina con pasos sigilosos, ansiosos, por aquí o por allá, mezclándose para ser duro o más humano, para salvarse del olvido -si es que hay salvación- o de sí mismo como de una alcantarilla abierta en mitad del andén al doblar una esquina. Y todo por defender su urbanidad.

Su sensibilidad, su percepción se acelera a medida que se adentra en la ciudad. Las facilidades que encuentra le permiten esa aceleración en su discurso, ese soporte para narrar lo que antes creía imposible. El paisaje ahora no es de tierra ni tiene el olor a fuego de leña seca; el paisaje somos ahora todos con nuestros fracasos o esperanzas. Es cada tuerca y tornillo que mantiene fija la ruleta rusa donde vivimos.

5. ¿Recuerdan a Pink Tomate de Opio en las nubes? ¿Al Rep de Efraim Medina? ¿Al beso de Rosario Tijeras? ¿A María, de Satanás, gritando tinto o aromática en la plaza de mercado? ¿Al Nino Bravo en los cielos de Octavio Escobar? ¿Al desbarrancadero de Vallejo? Y hay más, sólo por tomar algunos ejemplos de cómo se inserta lo urbano en la literatura, y viceversa. Es hablar de nosotros tal y cual somos: seres comunes y corrientes, siendo héroes o antihéroes a nuestro modo de ver y entender la vida. Atrás quedaron las historias con vericuetos en cada trazo como un cuadro abstracto. El talento de los escritores nuestros no ha entrado en detrimento por el solo hecho de hablar con desparpajo de temas antes no concebidos. Ya no produce miedo decir mierda, cebolla, internet, o abordar tópicos como la violencia en las calles de una ciudad o el amor de pareja en un barrio de pesebre...

6. La producción literaria de los últimos tiempos se encamina por un estilo urbano cercano al videoclip y al cine. Aquí se manifiesta otra presencia: la del cine, es decir, se escribe como imágenes que pueden ser llevadas a la pantalla; otra insertación en la nueva narrativa. El manejo de lo social está allí, en ese espejo que desencantamos a cada trazo, que desempolvamos como un trapo sucio expuesto por mucho tiempo a las inclemencias del mundo con sus absurdos.

7. Lo urbano se inserta día tras día en cada línea porque nos acerca a lo cotidiano, a lo que vivimos en la intimidad de un baño o en una sala de espera de autobús. El escritor tiene que volcarse a lo urbano porque se acepta que los tiempos cambian, lo que no significa que se pierda el valor literario de una obra como piensan algunos. Es, simplemente, contar una historia bien contada. Volver a ese principio universal y tan nuestro de decir y nombrar las cosas.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Literatura y ciudad (1)

PRIMERA PARTE

1. Aborrezco los conceptos. No los justifico por mi debilidad para hacerlo o por mi falta de buen juicio para abanderar un tema u otro. No puedo negar que los ejercicios intelectuales nos nutren y a veces hay exclamaciones de júbilo por parte de quienes los leen o escuchan. Pero entre más distantes estemos de esos compromisos -sobre todo si son para ofender o criticar aquellas obras que no son de nuestro agrado o no están dentro de nuestra línea-, más libre estará nuestra palabra de ser cercenada, de barricadas por aquello de los perjuicios, de perder la inocencia como ocurre cuando el niño despierta adulto. Pero esta es otra historia.

2.Fenómenos como el posmodernismo, la globalización o el consumismo nos han sumido necesariamente en una urbanidad que nos viste cada día con sus estigmas. El pensamiento del hombre que se dice moderno es resuelto, lleno de imaginación aunque vicario en otros espacios; por eso el orden ascendente o descentende de la ciudad lo atrapa. Ser citadino es una condición muy intimista. Entonces se entiende que el hombre abandone el campo, todo su contexto, y se arroje a la ciudad para conquistar o morir en ella.

3. Las letras también se han visto abocadas a esta condición. No son pocos los escritores que hablan de ello o escriben bajo un marco urbano. ¿A quien no le gusta leer un texto donde se hable de su entorno, donde se identifique con una calle o una esquina o un bar o un cuerpo o un edificio de treinta pisos, o cuando menos se desmitifique algo? No en vano los nombres de los nuevos escritores colombianos son de jóvenes que no sobrepasan los cuarenta y cinco años. Su oficio es contar historias muy urbanas; historias que atraen o sugieren, que nos dicen que estamos viviendo el siglo de "gastar gasolina" hasta para ir a dormir.